ANTES DE LA RISA
Cuando un bebé nace, llora.
Llora.
Quizás se prepara para lo que viene.
Pasar de mecerse en paz en líquido amniótico templado, escuchar palpitaciones armónicas y tímidos murmullos de fondo, y de repente tras una succión fortísima a una cegadora luz espantosa, un ruido brutal y desconocido y un frío atroz, no debe ser nada agradable.
Los entendidos dicen que se debe a unos espasmos biológicamente controlados que sirven para inundar de endorfinas el cuerpo y así activar los órganos preparandolos para el nuevo medio, a la par que los pulmones se llenan de aire y se activan los mecanismos respiratorios.
La risa llega más tarde.
Después de unos meses.
Relacionada con satisfacción, paz.
Pero forzada. Artificial. Aprendida. Imitada.
Primero se llora.
Quizás preparándose para lo que será la nueva existencia en un mundo hostil e inesperado.
Claro.
Yo tampoco me reiría.

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