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COMUNISMO CAPITALIZADO.

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Comunismo capitalizado: la I A y el nuevo contrato silencioso No podemos negar lo evidente. La Inteligencia Artificial ha llegado para quedarse. Como hizo en su día la Revolución Industrial. Como Internet.  No pide permiso. Avanza. Y como cualquier revolución, aporta sus enormes ventajas pero tambien sus grandes sombras. Aunque no tiene nada de Inteligencia y mucho de Artificial. Tampoco es una ONG. Es un producto creado por elites y magnates sinonimo de lucro y control. Esta vez no automatiza solo brazos. Automatiza pensamiento.  Decisión. Creatividad. Y eso cambia algo más que el mercado. Cambia el equilibrio del poder. La IA y el fin del trabajo como lo conocíamos Durante décadas vivimos bajo un acuerdo simple: Vende tu tiempo.  Compra tu vida. Estudia.Trabaja.Produce. Consume. Ese era el ciclo. Pero la Inteligencia Artificial ya redacta informes, diseña campañas, analiza datos, programa código, atiende clientes y diagnostica enfermedades con una eficiencia creciente. ...

NO SOY TU ETIQUETA.

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A veces grito después de una mala noche.  Eso me convierte en un ser humano agotado, no en un maltratador. A veces, la inocencia de un bebé me desborda y quiero comérmelo a besos; veo el reflejo de la pureza que un día fui.  Eso me convierte en alguien tierno, no en un peligro social.  A veces me miro con orgullo al salir del gimnasio tras una sesión intensa.  Eso es amor propio, no narcisismo patológico. El problema no son mis gestos.  El problema es una sociedad que ha renunciado a la interpretación.  Hoy ya no se observa: se juzga, se sentencia y se condena en el tiempo que tarda en hacerse un scroll. La muerte del matiz No buscan entenderte, solo clasificarte. Eres esto o aquello. Blanco o negro. En este nuevo orden mental, los matices han muerto: Un grito es catalogado como violencia estructural. Una caricia bajo sospecha permanente. Un instante de orgullo es una patología. Es más fácil ejecutar que escuchar.  Es más práctico eliminar la duda que ...

BARCELONA ES BONA.

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Dicen que es bona si la bossa sona. Barcelona es mi ciudad.  La quiero. La pateo. La sufro.  Y últimamente tengo la sensación de que vivir aquí es como intentar dormir en el sofá de un Airbnb: pagas el alquiler, pero la casa no es tuya. Porque esta ciudad ya no es una ciudad: es un campeonato mundial de maletas con ruedas, una gymkana de grupos de 34 guiris buscando en el Gòtic a las tantas de la madrugada un buffet libre para atiborrarse de “paella” fluorescente que brilla en la oscuridad como si la hubiesen cocinado en Chernóbil, y regada con una sangría de sangría con más agua que la desalinizadora del Prat. Sólo un escaparate, una postal. Sin alma. ¿Y los vecinos? Los vecinos somos como esas plantas secas que ponen en los escaparates de las franquicias. Quedamos bien en la foto de Instagram. Sólo atrezzo. Cada dia, mientras camino por mi barrio, siento que Barcelona me susurra: —Tranquilo, cariño, tú vive aquí…si puedes, pero sin molestar, ¿eh?  Vas al mercado y ya no...

LA PERSIANA.

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  Una historia de batalla doméstica, dedos destrozados y humor negro. La épica de lo cotidiano en su máxima expresión. Creí que cambiar una lama sería cosa de cinco minutos. Error. Levanto la persiana. Chas.Una lama rota. Bah.  ¿Qué es una lama para alguien con mis legendarias capacidades bricomaníacas? Spoiler: todo. Desmontar la ventana me trinchó los dedos. Buen presagio. Saco la tapa. Clavos oxidados, tornillos sin cabeza, herramientas inútiles. Mis manos cada vez menos funcionales. Dentro: horror. No un eje moderno de aluminio… un mástil de madera digno de un galeón del siglo XVII. Corto tirantes, desmonto topes, saco lamas, monto lamas. La persiana entra. Sale. Se tuerce. Se rebela. Yo también. Subo a la escalera. Bajo. Subo. Bajo. Martillazos: tres a la madera, dos a mis dedos. Mis manos parecen chorizos de Cantimpalo con trauma emocional. Cambio de estrategia: tornillos. Error número dos. Se redondean. Se quedan atascados. Inamovibles. Solución: cortarle la cabeza y en...

CUATRO REYES.

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Fue el primer enano de la familia.   Eso implicó amor incondicional, abrazos eternos, mimos exagerados y besos a miles.  No podía ser de otro modo.  Se de lo que hablo, pues me ocurrió lo mismo. Y así fue.   En uno de sus primeros Reyes conscientes, su habitación quedó inundada: una montaña de embalajes, cajas, celofanes, papeles de colores y regalos de familia y amigos.   Se volvió loco abriendo paquetes, saltando nervioso de una sorpresa a otra sin tiempo para asumir ni disfrutar ninguna.   Quedó perplejo, abrumado, sin saber por qué decidirse. Iba de novedad en novedad sin prestar atención.   Durante la sobremesa lo cogí en brazos.   Antes me había entretenido en hacer un torpe avión de papel con una servilleta.  Lo lancé. Flotó unos segundos y aterrizó en el suelo de su habitación.   Era, sin duda, el primer avión de papel que veía.  Se quedó embelesado.   Bajó raudo de mis piernas y ...

LE LLAMABAN SUSHI.

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El sushi no nació bajo luz tenue ni sobre mármol blanco. No nació para Instagram. No nació para ejecutivos con prisa ni para cartas plastificadas con tipografías pretenciosas. Nació como comida de supervivencia. En China. Sólo era arroz fermentado para que el pescado no se pudriera. Nada más. Se desechaba el arroz y se comía solo el pescado. Era necesidad, no estética. Ingeniería del hambre, no ceremonia. Durante siglos fue una solución práctica: cómo no morir, no cómo parecer interesante mientras masticas. Pero el mercado hizo lo que mejor sabe hacer: vaciar el sentido y rellenarlo de relato. En los 70 Noruega gestionó dar salida a su exceso de salmón , de un modo especial.  En Japón el salmón se consideraba un pescado no apto para comer crudo, por sus parásitos.  No tenía prestigio. Se prefería el atún . Así, es como el excedente de una piscifactoría se convirtió en manjar milenario. Así, es como con Japón crearon una de las operaciones de marketing más originales del sig...

ILUSOS.

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En estos días, la noticia del famoso cometa 3I/ATLAS y el hallazgo de unas huellas de jóvenes jugando sobre un lago helado en Norteamérica hace más de 23.000 años me han hecho reflexionar. La historia —y la ciencia— se construyen como una cadena de certezas temporales: creemos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos… hasta que algo nos demuestra lo contrario. Y que ante nuevos indicios, lanzamos un suspiro de prepotencia y nos colocamos las gafas con orgullo, creiendo saber predecirlo todo, hasta que "algo" nos da un sopapo con la mano abierta, una clase magistral de humildad poniéndonos en nuestro sitio. Con los cometas, los científicos estaban convencidos de tenerlo todo controlado: trayectorias previsibles, comportamientos conocidos, composiciones catalogadas.  Era más observar para confirmar que descubrir. Y así, claro, es muy fácil darse golpes en el pecho y convencerse de que somos los masters del universo Pero no. Aparece este objeto interestelar y lo pone patas arr...