NAMASTE.
Solía cambiar de trayecto al curro cada cierto tiempo para engañar a la rutina. Últimamente mantenía la misma ruta. Y de un tiempo a esa parte, en unos de los últimos semáforos hasta el destino, si detenía la moto en rojo siempre lo veía salír de la esquina. Espigado, alto. Negro. Con una gorra deportiva y una sonrisa que iluminaba la calle antes que el sol. Sonriendo, siempre sonriendo y con tono cálido se dirigía a los conductores que esperaban detenidos. Les pedía la voluntad. O les vendía pañuelos de papel o les limpiaba los cristales si accedían. Siempre sonriendo. Y me fijaba. Cada día la misma rutina . Cada día la misma expresión. Cada día la misma sonrisa. Nuestras miradas acabaron por reconocerse y nuestras sonrisas se hicieron cómplices. Al final me buscaba y me sonreía chocando nuestros puños con un NAMASTE antes de empezar su rutina. Yo me fijaba en las caras de los conductores que recién levantados de sus sueños se dirigían a su cotidiana realidad. Con rostros serios, mira...