BARCELONA ES BONA.
Dicen que es bona si la bossa sona. Barcelona es mi ciudad. La quiero. La pateo. La sufro. Y últimamente tengo la sensación de que vivir aquí es como intentar dormir en el sofá de un Airbnb: pagas el alquiler, pero la casa no es tuya. Porque esta ciudad ya no es una ciudad: es un campeonato mundial de maletas con ruedas, una gymkana de grupos de 34 guiris buscando en el Gòtic a las tantas de la madrugada un buffet libre para atiborrarse de “paella” fluorescente que brilla en la oscuridad como si la hubiesen cocinado en Chernóbil, y regada con una sangría de sangría con más agua que la desalinizadora del Prat. Sólo un escaparate, una postal. Sin alma. ¿Y los vecinos? Los vecinos somos como esas plantas secas que ponen en los escaparates de las franquicias. Quedamos bien en la foto de Instagram. Sólo atrezzo. Cada dia, mientras camino por mi barrio, siento que Barcelona me susurra: —Tranquilo, cariño, tú vive aquí…si puedes, pero sin molestar, ¿eh? Vas al mercado y ya no...