PELIGRO DE EXTINCIÓN.
Cuando la puerta está a punto de cerrarse y detecto una sombra tras de mí, mis músculos se tensan. No me muevo. Sujeto el pomo. Espero. No es una obligación, es un acto reflejo de humanidad. Cuando en el ascensor la puerta se cierra pero por el rabillo del ojo capto el paso apresurado de un vecino, mi dedo anula el automatismo y pulsa el botón de apertura. Le dejo pasar. Su tiempo vale tanto como el mío. Si el asfalto me obliga a detenerme en medio de la calle, una cuenta atrás se activa en mi cabeza. Intento que la espera del que está detrás sea un suspiro, un parpadeo. Salir de un aparcamiento no es una maniobra de escape, es un relevo: salgo rápido para que el otro entre, para que la rueda siga girando sin fricción. Si un vecin@ llega cargad@, mis manos se ofrecen. Es peso que compartimos, aunque solo sea por unos metros de pasillo. En la autopista, el carril izquierdo no es mi feudo; es una herramienta de paso. Adelanto y, de inmediato, vuelvo a m...