CUANDO DOS CAMISETAS SE CONOCEN.
El domingo, en un paseo por la montaña, mi mujer llevaba puesta esa camiseta negra que compramos en homenaje a Rex. Un trazo blanco, sencillo, casi infantil: una mano y un perro. No es solo un dibujo. Es una ausencia a la que ese trazo le dio forma. Caminábamos en silencio, ese silencio raro que solo existe en la montaña, cuando te cruzas con tus propios pensamientos. Y entonces pasó. Una mujer y su hija bajaban por el sendero en dirección contraria. Nos cruzamos. Mi mujer se detuvo. La otra también. Las dos llevaban la misma camiseta. La chica en blanco. Mi mujer en negro. El mismo sentimiento tatuado. No fue una coincidencia. Fue un reconocimiento. Como si dos duelos se olieran a distancia. No hizo falta preguntar nada. Cuando has querido a un perro de verdad —no como mascota, sino como compañero, como latido que te acompaña por la casa— sabes leer ese símbolo sin traducción. ...