CONEXIÓN PURA.
Hay momentos que no se buscan. Te encuentran. La canícula apretaba con fuerza. Caminar por aquel sendero polvoriento, con más de cuarenta grados encima, era casi un castigo. Pero al final del camino esperaba un premio que compensaba el esfuerzo. Una visera de calizas embalsaba agua fresca en una poza turquesa, alimentada por una cascada ruidosa que parecía centrifugar hasta los malos pensamientos. Después de más de media hora tragando polvo, sumergirse allí era como entrar en la mejor lavadora natural del mundo. Al llegar, vi que no estaría solo. Dos chicas disfrutaban del lugar, sentadas en la terraza de piedra que bordeaba la poza. Les saludé, dejé la mochila y me quité la camiseta, listo para el chapuzón que llevaba imaginando desde hacía rato. Pero no éramos tres. Frente a mí, inmóvil, había un border collie que no me quitaba ojo desde que aparecí. Tenía las patas delanteras estiradas y la cabeza fija en mis movimientos. Ese gesto lo conocía bien: Rex hacía lo mismo cuan...