NO SOY TU ETIQUETA.
A veces grito después de una mala noche. Eso me convierte en un ser humano agotado, no en un maltratador.
A veces, la inocencia de un bebé me desborda y quiero comérmelo a besos; veo el reflejo de la pureza que un día fui.
Eso me convierte en alguien tierno, no en un peligro social.
A veces me miro con orgullo al salir del gimnasio tras una sesión intensa.
Eso es amor propio, no narcisismo patológico.
El problema no son mis gestos.
El problema es una sociedad que ha renunciado a la interpretación.
Hoy ya no se observa: se juzga, se sentencia y se condena en el tiempo que tarda en hacerse un scroll.
La muerte del matiz
No buscan entenderte, solo clasificarte. Eres esto o aquello. Blanco o negro. En este nuevo orden mental, los matices han muerto:
Un grito es catalogado como violencia estructural.
Una caricia bajo sospecha permanente.
Un instante de orgullo es una patología.
Es más fácil ejecutar que escuchar.
Es más práctico eliminar la duda que intentar comprenderla.
Hemos sustituido el diálogo —que requiere el esfuerzo de razonar, ceder y aprender— por el veredicto rápido.
El doble rasero: lo inocuo vs. lo podrido
Lo verdaderamente cínico es que, mientras nos obsesionamos con etiquetar lo inofensivo, nos volvemos expertos en justificar lo que apesta.
Porque hay cosas que no necesitan interpretación, necesitan límites:
* Quien fuerza un beso no necesita "contexto", necesita un "no".
* Justificar tramas de corrupción y empresas pantalla bajo la bandera de la prudencia no es ser moderado; es ser cómplice.
* Priorizar el estruendo de una fiesta nacional sobre el sufrimiento de un animal no es cultura; es deshumanización.
Conclusión
No quiero que esto sea una reflexión vacía.
Ni todo merece una etiqueta asfixiante, ni todo merece una excusa barata.
El secreto está en recuperar el criterio propio. En profundizar antes de señalar.
Vivimos en la era de los jueces de teclado, donde es más sencillo acabar con el que piensa distinto que sentarse a escuchar sus argumentos.
PARA EL LECTOR:
¿Cuántas veces has señalado un gesto inocuo mientras callabas ante una injusticia real? ¿Preferimos tener razón o preferimos razonar?
Te leo en los comentarios.
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