EL CLIC BAJO EL AGUA.
En este post no solo hablo de motos. Hablo del miedo. De lo que nos frena. Y del momento exacto en el que algo hace clic… y todo cambia. Siempre me han gustado las motos. Desde niño las vi como un símbolo de libertad. Una danza perfecta entre cuerpo y máquina. La velocidad. El viento en la cara. La carretera abierta como un lienzo donde cada curva es una pincelada del alma. A los 14, mi padre me regaló una pequeña moto amarilla. Aquella máquina se convirtió en mi primera aliada para sentirme libre, para explorar paisajes por senderos polvorientos. Y entonces lo entendí: no se trataba solo de rodar. Se trataba de sentir la ruta en cada latido. Con los años llegaron más motos. Una. Dos. Ocho. Y con ellas, los kilómetros. Las salidas. Las vacaciones. Las rutas . Los colegas. Los desayunos. Las tertulias. La litúrgia : casco, guantes chaqueta. Las caídas. A veces, al apagar el motor, decíamos: —Hoy iba bien....