LO QUE QUEDA DEL SIMBOLO.
Esta mañana paseando por los Encantes, entre polvo viejo y metal fatigado, una bandeja exhibe lo que un día se quiso borrar a tiros: estrellas rojas, cruces gamadas, repúblicas, imperios, credos que se odiaron con disciplina militar. Ahora se abrazan juntas, mezcladas como si la historia no hubiera costado cadáveres. Sin gloria. Sin himnos. Sin patria. Solo chatarra que ya no recuerda a quién representaba ni por qué debía matar. Y mientras los miro, me atraviesa una certeza que nadie quiere escuchar: la bala nunca es el problema. El problema es la velocidad que le imprime el gatillo que la dispara. Porque el metal no guarda rencor. Las ideas, cuando se quedan sin manos, dejan de sangrar. La paz es un lujo que los objetos alcanzan antes que los hombres. Porque el conflicto nunca estuvo en las insignias. Quizá el conflicto siempre estuvo en la carne que las llevaba, ...