BARCELONA ES BONA.
Barcelona es mi ciudad.
La quiero. La pateo. La sufro.
Y últimamente tengo la sensación de que vivir aquí es como intentar dormir en el sofá de un Airbnb: pagas el alquiler, pero la casa no es tuya.
Porque esta ciudad ya no es una ciudad: es un campeonato mundial de maletas con ruedas, una gymkana de grupos de 34 guiris buscando en el Gòtic a las tantas de la madrugada un buffet libre para atiborrarse de “paella” fluorescente que brilla en la oscuridad como si la hubiesen cocinado en Chernóbil, y regada con una sangría de sangría con más agua que la desalinizadora del Prat.
Sólo un escaparate, una postal. Sin alma.
¿Y los vecinos?
Los vecinos somos como esas plantas secas que ponen en los escaparates de las franquicias.
Quedamos bien en la foto de Instagram. Sólo atrezzo.
Cada dia, mientras camino por mi barrio, siento que Barcelona me susurra:
—Tranquilo, cariño, tú vive aquí…si puedes, pero sin molestar, ¿eh?
Vas al mercado y ya no oyes a la Carme decir “Nen, como está la iaia”.
Ahora oyes:
—Excuse me, where is the Parc Güell?
Y la ciudad sigue, hinchándose como un globo. Un día va a petar.
Va a petar de verdad, con confeti de alquileres de 1.500 euros por 40 metros y Vivaris que se reproducen más rápido que las cucarachas del Raval.
¿Y sabes qué es lo peor?
Que Barcelona sigue siendo preciosa.
Es una bendita tóxica. De manual.
Te grita, te exprime, te roba el sueño… te cabreas te enfadas , pero entonces un dia paseas por la Barceloneta al atardecer, la miras y piensas:
“Joder, qué guapa estás, cabrona.”
Por eso, al final, solo queda decir lo único que resume este amor-odio eterno que tenemos con ella:
Porque Barcelona és bona… aunque la bossa no soni.
Para quien lee
¿Has sentido alguna vez que tu ciudad te empuja fuera mientras te sigue enamorando?
¿Dónde trazamos la línea entre pertenecer y resistir?
#Barcelona
#Bcn

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