ECLIPSE
CASUALIDAD:
Combinación de hechos o cosas que pasan sin que nadie los pueda planear, evitar o prever.
Hay casualidades tan bestias que sorprenden.
Una roca suspendida en el vacío es capaz de esconder una estrella que contiene el 99,8 % de la masa de todo nuestro sistema solar.
No porque sea enorme, sino porque el Sol está exactamente lo bastante lejos y la Luna exactamente lo bastante cerca.
Dos distancias distintas que, por un instante, dibujan la misma silueta en nuestro cielo.
Durante unos minutos, el gigante desaparece.
Y nosotros levantamos la vista para contemplarlo.
Lo curioso es que esa imagen tiene fecha de caducidad.
La Luna se aleja de la Tierra unos centímetros cada año.
Tan despacio que nadie lo siente, pero lo suficiente para que, dentro de cientos de millones de años, los eclipses totales dejen de existir.
Hemos llegado tarde para contemplar el nacimiento del universo.
Llegaremos demasiado pronto para ver morir al Sol.
Pero hemos coincidido en ese pequeño intervalo de tiempo en el que una roca puede ocultar una estrella.
Otra casualidad.
Aunque el eclipse no es la única.
También resulta difícil no asombrarse al pensar que la Tierra gira a la distancia adecuada para que el agua permanezca líquida.
Un poco más cerca y gran parte se convertiría en vapor. Un poco más lejos y el hielo dominaría el paisaje.
Bajo nuestros pies, un núcleo de hierro fundido genera un campo magnético que desvía buena parte de la radiación procedente del Sol.
Sobre nuestras cabezas, una atmósfera lo bastante delicada para dejar pasar la luz y lo bastante resistente para proteger la vida.
Y una Luna que, además de regalarnos eclipses, ayuda a mantener estable el eje sobre el que gira nuestro mundo.
No prueban que exista un plan.
Tampoco demuestran que todo sea fruto del azar.
Simplemente están ahí.
Como piezas que, por alguna razón, terminaron encajando.
Y aquí estamos nosotros.
Corriendo. Discutiendo. Compitiendo.
Preocupados por llegar cinco minutos antes a un sitio del que, tarde o temprano, todos acabaremos marchándonos.
Sin apenas detenernos a pensar que bastaría con que una sola de esas piezas hubiera ocupado otro lugar para que ninguno de nosotros estuviera aquí.
Llamamos normales a cosas que, vistas con un poco de distancia, rozan lo imposible.
Respirar. Sentir. Amar.
Mirar al cielo. Preguntarnos por qué.
Quizá el universo no tenga un propósito.
Quizá nunca lo tuvo.
O quizá la única respuesta honesta sea reconocer que no lo sabemos.
Pero hay algo que sí me parece extraordinario.
Después de miles de millones de años de estrellas, de polvo, de océanos y de silencios, apareció una especie capaz de preguntarse por todo ello.
Y, aun así, muchas veces vivimos como si estar aquí fuera lo más corriente del mundo.
Tal vez la mayor casualidad no sea el eclipse.
Tal vez la mayor casualidad seamos nosotros.
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