EL AGUA NO TIENE IDIOMA



Mediodía. Salí a andar.
A ninguna parte. Sin rumbo.
Por la carretera local, vacía, con ese silencio que parece tener solo el eco de tus pensamientos.

Subía hacia la cima, sin más propósito que mirar el paisaje y sentir la brisa en el rostro.

El calor empezaba a apretar, así que me quité la camiseta e improvisé un turbante con ella para proteger mi testa de los rayos hirvientes.

En una curva oí que tras de mi se acercaban unas motos.
Al pasar, levanté el brazo y les hice la V.

Me devolvieron el saludo y los bocinazos de complicidad.
Seguí subiendo.

Al lado del arcén me llamó la atención un brillo parpadeante. 
Comprobé que era un mechero en medio de un campo recién segado. 
El escenario perfecto para el inicio de un incendio.

Lo cogí y aunque estaba golpeado, seguía lleno de gas y funcionando.
Con esas temperaturas era fácil que pudiera explotar y provocar una catástrofe.
Me lo llevé.

En un claro, antes de llegar arriba, vi a lo lejos una camper parada.

Puertas abiertas, una mesa, una silla y un hombre sin camiseta, con gorro de paja.
Leía y miraba el horizonte como quien no tiene prisa.

Sali de modo imprevisto a mí paseo y no llevaba mochila ni agua.

Pensé en pedirle un poco, pues la sed apretaba, pero seguí.

El sol jugaba al escondite tras las pocas nubes, y cuando asomaba de nuevo, quemaba.

Pasé junto a la furgoneta, él levantó la vista, yo seguí caminando.

Llegué arriba, descansé, y di media vuelta.

Al bajar, volví a ver la escena, de nuevo.

El hombre seguía allí, tranquilo, como si el tiempo no le afectara.
Pero cuando me vio bajar, se levantó y entró en su caravana.

Yo seguía acercándome, con un palo en la mano que había encontrado por el camino y usaba de bastón y la camiseta en la cabeza.

En aquellos momentos, seguramente parecía un peregrino cansado más que un atrevido aventurero.

Al pasar cerca, salió y me saludó.
Le devolví el gesto.

Me habló con acento francés preguntándome si tenía sed. 
Si quería agua.

Me reí por dentro, pues había estado pensando en pedírsela antes cuando subía.
¡ Quizás escuchó mis pensamientos !

Esta vez, acepté. 
Me dio agua fresca y una cálida conversación.

Me contó que conocía la zona, que había venido con un amigo hace un tiempo, murió de cáncer, y ahora volvía para recordarlo y honrarlo.
Se emocionó.  
Tras un eterno silencio, suspiró, miró al cielo, y cogió un cigarrillo de su mesa.
Se palpó buscando fuego.

Me adelanté y le di el mechero que había encontrado antes.

- Toma.

Lo encontré en medio de paja seca al lado del camino. Mejor estará contigo.

Lo cogió y moviéndolo entre sus dedos, antes de encenderse el pitillo, respondió:

- Las cosas aparecen, cuando tienen que aparecer.
Y se lo quedó.

Tenía raíces andaluzas, me dijo, orgulloso.
Le respondí que todos somos mestizos.
La pureza es artificial.

Le agradecí el gesto y el detalle de preocuparse por un desconocido y sediento caminante.

La buena gente se encuentra sin buscarse.

Nos despedimos con un apretón de manos sincero.
Le deseé una buena ruta y estancia.

Y seguí mi camino.


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