UN INSTANTE.


El otro día se cayó un vecino en el vestíbulo.


Se rompió la nariz y no podía levantarse.


Un solo instante fue suficiente.

El momento de salir a tirar la basura.


Un chico —un monitor que salía de trabajar y se iba a comer— fue el primero en ayudarle.


Poco a poco fueron saliendo más vecinos.


Llamamos a la ambulancia.

Nos dijeron que no lo tocáramos.

No podía moverse.


La chica de la peluquería trajo mantas.

Otros atendían al herido, que seguía en el suelo, sobre un charco de sangre.


En ese momento pasó una chica colombiana.


Iba a urgencias porque no se encontraba bien.


Era médica.


Aun así, se quedó.


Le insistimos en que siguiera, que ya estábamos nosotros.

No quiso.


Decía que era su obligación.


Mientras esperábamos a la ambulancia, intentamos tranquilizar al vecino.


Llamamos a su hija, que hacía poco se había ido.

Fuimos a buscar a su mujer.

La sentamos a su lado.



Sin darnos cuenta, se formó un equipo.


Cada uno hacía algo.


Llegó la pareja de la chica.

Colombiano también. Médico.


Llevan seis meses en Barcelona y hablan perfectamente catalán.


A la hora, llegó la ambulancia.


Una vecina acompañó al herido al hospital.


Su mujer se quedó sentada en la peluquería, más tranquila, hasta que llegara su hija.


Pasaron cosas importantes.


Porque hay gente importante.


Gente que no presume.

Gente que no sale en la tele.

Gente que está.


A veces pensamos que solo podemos echar una mano.


Es mentira.


Tenemos dos.


Esa tarde demostramos que quizá no podemos cambiar el mundo,

pero sí podemos hacer más humana nuestra comunidad.


Y eso, aunque pueda parecer algo pequeño, es inmenso.


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