PELIGRO DE EXTINCIÓN.
Cuando la puerta está a punto de cerrarse y detecto una sombra tras de mí, mis músculos se tensan.
No me muevo. Sujeto el pomo. Espero.
No es una obligación, es un acto reflejo de humanidad.
Cuando en el ascensor la puerta se cierra pero por el rabillo del ojo capto el paso apresurado de un vecino, mi dedo anula el automatismo y pulsa el botón de apertura.
Le dejo pasar. Su tiempo vale tanto como el mío.
Si el asfalto me obliga a detenerme en medio de la calle, una cuenta atrás se activa en mi cabeza.
Intento que la espera del que está detrás sea un suspiro, un parpadeo.
Salir de un aparcamiento no es una maniobra de escape, es un relevo: salgo rápido para que el otro entre, para que la rueda siga girando sin fricción.
Si un vecin@ llega cargad@, mis manos se ofrecen.
Es peso que compartimos, aunque solo sea por unos metros de pasillo.
En la autopista, el carril izquierdo no es mi feudo; es una herramienta de paso. Adelanto y, de inmediato, vuelvo a mi lugar, a la derecha.
Y si una moto asoma por el retrovisor, me aparto instintivamente. Le abro pasillo.
Respeto su agilidad porque ella respeta mi espacio.
Doy las gracias al camarero mirándole a los ojos. Y cuando el último bocado desaparece, recojo mis platos, los apilo, facilito el siguiente paso.
No soy su jefe, solo soy un cliente.
En el transporte público, mi voz se silencia.
Si suena el teléfono, hablo bajo, casi en un susurro.
Mi conversación no tiene por qué invadir el espacio mental de cien desconocidos.
Si ando por la calle me arrimo a la derecha, porque la calle no es mia y también deambulan más usuarios.
Me resulta gracioso quien usa la escaleras mecánicas y sube corriendo, aún así respeto su prisa e intento no molestar arrimándome a un extremo
Podría seguir.
Podría describir cien escenas más que para mí son ley, pero que cada día se vuelven más invisibles a los ojos de la mayoría.
No es debilidad.
Es convivencia. Es empatía.
Quizás sea simplemente educación.
Quizás sea ese mantra sagrado que me grabaron a fuego de pequeño, una verdad universal que hoy parece arqueología:
no le hagas al otro lo que detestas que te hagan a ti.
A mucha gente, lamentablemente, se le ha olvidado.
Han elegido el ruido, el "yo primero", la ceguera cómoda del individualismo. Han olvidado que somos una red, no islas separadas.
PARA QUIEN LEE:
Y tú, que has llegado hasta aquí...
¿Te reconoces en alguno de estos gestos o sientes que predicas en el desierto? ¿Crees que estas "pequeñas batallas" de civismo aún valen la pena o somos los últimos defensores de un mundo que ya no existe?
#PequeñosGestos #Civismo #Convivencia #RespetoMutuo

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