ILUSOS.


En estos días, la noticia del famoso cometa 3I/ATLAS y el hallazgo de unas huellas de jóvenes jugando sobre un lago helado en Norteamérica hace más de 23.000 años me han hecho reflexionar.

La historia —y la ciencia— se construyen como una cadena de certezas temporales: creemos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos… hasta que algo nos demuestra lo contrario.

Y que ante nuevos indicios, lanzamos un suspiro de prepotencia y nos colocamos las gafas con orgullo, creiendo saber predecirlo todo, hasta que "algo" nos da un sopapo con la mano abierta, una clase magistral de humildad poniéndonos en nuestro sitio.

Con los cometas, los científicos estaban convencidos de tenerlo todo controlado: trayectorias previsibles, comportamientos conocidos, composiciones catalogadas. 

Era más observar para confirmar que descubrir.

Y así, claro, es muy fácil darse golpes en el pecho y convencerse de que somos los masters del universo

Pero no.

Aparece este objeto interestelar y lo pone patas arriba: movimientos erráticos, cola extraña, química rara... más preguntas que certezas.

Lo mismo con las famosas huellas.

Durante décadas, se afirmaba que el ser humano había llegado a esa zona hace unos 5.000 años desde el estrecho de Bering. 

Fin de la historia.

Pues tampoco.

Unas pisadas alegres de unos jóvenes sobre el hielo han dado una bofetada monumental a esa seguridad: ahí estaban, hace más de 20.000 años, en plena glaciación y con mamuts rondando, cuatro imberbes jugando a lo suyo.

La historia es la certeza de lo que creemos conocer hasta hoy.

Pero todo lo que aún ignoramos está esperando para obligarnos, una vez más, a reescribirla.

Porque solo un iluso cree que ya lo sabe todo.

Y, para saberlo todo… primero habría que ser un iluso.

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