LE LLAMABAN SUSHI.
El sushi no nació bajo luz tenue ni sobre mármol blanco.
No nació para Instagram.
No nació para ejecutivos con prisa ni para cartas plastificadas con tipografías pretenciosas.
Nació como comida de supervivencia. En China.
Sólo era arroz fermentado para que el pescado no se pudriera. Nada más.
Se desechaba el arroz y se comía solo el pescado.
Era necesidad, no estética. Ingeniería del hambre, no ceremonia.
Durante siglos fue una solución práctica: cómo no morir, no cómo parecer interesante mientras masticas.
Pero el mercado hizo lo que mejor sabe hacer: vaciar el sentido y rellenarlo de relato.
En los 70 Noruega gestionó dar salida a su exceso de salmón, de un modo especial.
En Japón el salmón se consideraba un pescado no apto para comer crudo, por sus parásitos.
No tenía prestigio. Se prefería el atún.
Así, es como el excedente de una piscifactoría se convirtió en manjar milenario.
Así, es como con Japón crearon una de las operaciones de marketing más originales del siglo.
Inventar la exclusividad para justificar el precio indecente.
Cuando el sushi cruzó la frontera, dejó de ser alimento para ser símbolo.
Ya no importa el sabor, sino lo que el plato dice de ti.
"Minimalismo", nos susurraron.
"Pureza. Equilibrio."
Eufemismos para ocultar una verdad contable: poco producto, alto margen.
El arroz es barato.
El pescado, cortado en láminas quirúrgicas, rinde el doble.
La eficiencia logística disfrazada de misticismo zen.
El tamaño engaña al ojo, pero el estómago no sabe de poesía.
Ahí entra la magia del marketing:
Si lo llamas *nigiri*, si el camarero baja la voz, si el local viste de negro y huele a sándalo, tu cerebro se rinde.
Confundes el precio con el valor.
La escasez con la excelencia.
Y si te quedas con hambre, el problema eres tú.
"No tienes paladar"."No entiendes la cultura".
Es el producto perfecto para una sociedad más preocupada por lo que enseña que por lo que necesita.
Un ataque identitario: criticar el sushi es como decir que el traje no te hace mejor o que el reloj no te da tiempo.
No se trata de odiar el sushi. Se trata de dejar de mentirnos. Es arroz blanco con cosas ínfimas.
Cuando un plato necesita una explicación constante, cuando su valor depende más del nombre que del sabor, cuando sales de la mesa orgulloso de las "texturas" pero buscando una hamburguesería...
No estás pagando por comer.
Estás comiendo por pagar.
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