CUANDO SEAS PEQUEÑO.


Llegaba el aniversario de mi hijo.
Y como cada año, repasé recuerdos, fotos, anécdotas.
Y con una sonrisa recordé una en especial.

Tendría unos cinco años.

Estábamos jugando con sus coches y motos, y le dije:


—Cuando seas grande, papá te llevará en moto.


Se me quedó mirando, me abrazó y me respondió:

—Y yo a ti, papá, cuando seas pequeño.


No era filosofía. No era lógica.


Era amor devolviendo la jugada.

Era su manera de decir:

yo también disfrutaré contigo.


En su mundo, el tiempo no es una línea.

Es un círculo.


Si yo crezco, tú decreces.

Si yo avanzo, tú regresas.

Si yo te llevo, tú te dejas llevar.


Los psicólogos lo llaman pensamiento preoperacional:

a esa edad los niños no entienden aún el tiempo como calendario, lo entienden como promesa.


No buscan coherencia lógica, buscan equilibrio emocional.


Si yo recibo, yo doy.

Si tú me cuidas, yo también te cuido.


Aunque para lograrlo tenga que inventar una lógica imposible: convertirte en pequeño.


Y ahí está la poesía:

los adultos contamos las horas. Ellos cuentan los abrazos.


Nosotros estamos contaminados por estrés, ansiedad, expectativas.


Ellos solo habitan el momento.

Sin pasado. Sin futuro.

Observan,aprenden,descubren ríen o lloran.

Nosotros acumulamos frustraciones, ellos acumulan experiencias.


Quizás esa sea la lección:

que el tiempo no se mide en relojes, sino en la intensidad con la que se vive.


Que crecer no es perder.

Y que ser pequeño no es retroceder, sino volver a mirar el mundo con ojos nuevos.


Ese día entendí que mi hijo me regalaba

la posibilidad de ser pequeño otra vez.


De volver a descubrir.

De volver a vivir el instante.


Porque el tiempo, al final, no es una línea.


Es un abrazo.


Y desde entonces he comprendido que quizás crecer realmente es aprender a ser pequeño otra vez.


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