BAZÓFIA MORAL.



En este tiempo de suma y sigue, 
de avaricia que no cesa, de corrupción que se repite como un eco cansino, me consume el hartazgo.  

No por sorpresa, sino por saturación.


Escucho en bucle casos equivalentes, siglas y colores distintos pero con métodos similares, y siempre me pregunto lo mismo:  

¿qué catadura moral hay detrás de semejante bazofia?


Porque no hablamos de monstruos lejanos, de mitos enterrados o de fantasmas imaginarios. 

No. 

Hablamos de individuos que comparten espacio, acera, sociedad.  


Siempre he pensado que quien roba por hambre tiene mi perdón.  

No porque robar sea justo, sino porque el hambre no espera.  

Porque si alguien no tiene nada, 

¿qué menos que compartir, que ayudar, que entender?


Pero hay otra categoría. 

La de los blindados. Los que ya tienen, los que incluso poseen mucho mas de lo necesario e imprescindible y aún así quieren más.  


Los que viven en jaulas doradas, con privilegios especiales, con acceso, con poder, y aún así se corrompen. 

Y roban.


No por necesidad. Por codicia. Por deporte.  


Por esa pulsión de acumular lo que no se come, lo que no se necesita, lo que solo sirve para engordar el ego y vaciar el alma.

Para pasear el Lamborghini o cambiarse el yate. 

Gentuza sin moral.  


Pero es que además no roban al que le sobra. 

No. 


Se aprovechan de la necesidad ajena para llenar sus propios bolsillos.  

De los más necesitados. 

De los que ni siquiera  sospechan que las migajas que les llegan pudieran ser más. 


No encuentro una palabra que califique semejante conducta. 

Usura, egoísmo, maldad… no sé.  

Quizás todas juntas.  

Quizás ninguna.


Recuerdo la pandemia.  

Gente que puso tiempo, dinero, esfuerzo, para conseguir mascarillas, comida, ayuda, y ofrecimiento para quien necesitaba, y quien sufría. 


Gente que no preguntó por rentabilidad. Solo por necesidad.


Y también recuerdo a los otros.  


Los que vieron en la emergencia una oportunidad. 

Para facturar. Para inflar precios.  

Para hacer negocio con el miedo.


Dinero que no necesitaban.  

Dinero que no se come.  

Dinero que no cura.  

Dinero que solo sirve para decir “yo tengo más”.


Y lo más inaudito:  

encima se ponen la etiqueta de víctimas.  

Se disfrazan de perseguidos, de incomprendidos, como si el problema fuera que los señalamos, y no que se llenaron los bolsillos mientras otros se morían.


No me entra en la cabeza.  

No entiendo qué puede estar pasando en la suya.  

No comprendo esa falta de empatía, de humanidad,  de vergüenza.


¿Acaso se creen por encima del resto?  

¿Acaso piensan que el mundo les debe algo?  

¿Acaso creen que el dolor ajeno es solo un dato, o simplemente otra oportunidad de negocio?


Es aberrante.

Mientras unos pasan más hambre que un piojo en un peluche, otros se secan los sofocos con Tena Lady.


No. Nunca lo entenderé.  

Y no quiero entenderlo.  

Porque entenderlo sería aceptar que eso es normal.  

Y no lo es.


Quizás ahí esté una de las diferencias.  

No entre izquierda y derecha como etiquetas, sino entre quienes creen que el mundo se comparte, y quienes creen que el mundo se explota.


Comunidad o negocio. 

Humanidad o bazofia.


#PensarIncomoda

#NoMeRepresenta

#VergüenzaAjena


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